domingo, 15 de diciembre de 2013

Venturas y desventuras gastronómicas: Restaurante Edulis - Madrid.

Venturas y desventuras gastronómicas: Restaurante Edulis - Madrid.

Hace menos de una semana, estuve con mi novia en el restaurante Edulis de Madrid, en el que fuimos a celebrar nuestro aniversario, y puestos a marcar la ocasión, me decidí por escoger un buen restaurante.
Llegamos al local éste mes de diciembre de 2013, pasado el puente de la Constitución. La primera impresión muy favorable, un local de diseño cuidado, ambientación muy correcta, sin excesivo tumulto y un trato sin florituras pero muy correcto en el servicio.

Tomamos asiento, momento en que nos traen un aperitivo de olivas, nada del otro mundo, de sabor natural y sencillo. Pedimos agua para acompañar la comida, sabia decisión, como después pudimos comprobar.
Nos sugieren un aperitivo mientras esperamos, algo más elaborado que el precedente, sin mencionar, que a la postre, tendrían la desvergüenza de incluirlo en la cuenta.

Dicho plato, una tarrina de dimensiones irrisorias, con una crema de sospechoso color, que afirmaba ser una crema de lentejas. No soy quien cierre la puerta a probar platos nuevos, pero eso fue escupir a las lentejas de madre y abuela de todo hijo de vecino, y partirse la caja acto seguido.  El resultado,  una crema repulsiva que engullimos por educación, con, lo nunca visto, una cuchara cuadrada, que más bien recordaba a un calzador.

Pedimos de primero ella la ensalada Edulis (según la carta) y yo huevos escalfados con espuma de patata y setas (más largo el nombre que el plato), así como cochinillo confitado de segundo plato. A sugerencia de la camarera, pedimos para el postre una supuestamente muy especial tarta de manzana, que requería elaboración de 20 minutos y había que pedir anticipadamente. Pensando en que sería la quinta esencia de la gastronomía, decidimos pedirla también, craso error.

El trance gastronómico que comenzó con la insufrible crema de lentejas continuó con la ensalada y los huevos escalfados. La ensalada resultó ser un puñado de hojas varias, junto con menta, que monopolizaba el sabor del plato y daba la sensación de estar mascando chicle de menta de principio a fin del plato, a medias remediado, a medias desgraciado, por un desmesurado trozo de queso de cabra, insufriblemente fuerte, que invadía el plato.

Los supuestos huevos escalfados resultaron una masa amarilla que parecía más bien las flemas de un tuberculoso, con dos huevos crudos desparecidos bajo aquella mucosidad vomitiva, acompañados por una láminas de setas de sabor y textura de champiñón de lata de super de la esquina.
El segundo plato, el cochinillo, no fue mucho mejor. El sabor muy correcto, acompañado por crema de boniatos que aportaba un toque dulce al plato nada desdeñable, eso sí, la relación ración-precio fue poco menos que un insulto. Un trozo mísero de carne, que hacía falta voluntad para adivinar que se trataba de cochinillo. Cerca estuve de pedirle explicaciones al chef de donde estaba el resto del animal que había pedido.  Para más inri, el plato mal cocido y sanguinoliento.

Poniendo nuestras últimas esperanzas en el postre,  la decepción ya alcanzó su cénit de despropósito.  Nos trajeron sendos platos de postre vacíos, ante los que no entendíamos nada, hasta que nos trajeron un plato enorme, con un ridículo trozo de hojaldre con manzana, un absurdo trozo de helado, que a duras penas encontramos el sabor. Una ración escasa, incluso para una sóla persona, resultó ser para dos. Un hojaldre de pastelería barata, a precio de gourmet, con helado de veinte duros, que nos dejó con más hambre que vergüenza.


El colmo de la broma de mal gusto, fue en el momento de traer la cuenta: una caja negra rectangular, más parecida a un ataúd que a otra cosa, en la cual estaba metida la cuenta, deduzco que para minimizar la impresión al ver la cifra, desmesurada para los platos y raciones que consumimos.  Lo único positivo fue las risas que nos echamos tras la experiencia, porque volver, no volveremos ni de gratis.

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