Venturas y desventuras gastronómicas: Restaurante Edulis -
Madrid.
Hace menos de una semana, estuve con mi novia en el
restaurante Edulis de Madrid, en el que fuimos a celebrar nuestro aniversario,
y puestos a marcar la ocasión, me decidí por escoger un buen restaurante.
Llegamos al local éste mes de diciembre de 2013, pasado el
puente de la Constitución. La primera impresión muy favorable, un local de
diseño cuidado, ambientación muy correcta, sin excesivo tumulto y un trato sin
florituras pero muy correcto en el servicio.
Tomamos asiento, momento en que nos traen un aperitivo de
olivas, nada del otro mundo, de sabor natural y sencillo. Pedimos agua para
acompañar la comida, sabia decisión, como después pudimos comprobar.
Nos sugieren un aperitivo mientras esperamos, algo más
elaborado que el precedente, sin mencionar, que a la postre, tendrían la
desvergüenza de incluirlo en la cuenta.
Dicho plato, una tarrina de dimensiones irrisorias, con una
crema de sospechoso color, que afirmaba ser una crema de lentejas. No soy quien
cierre la puerta a probar platos nuevos, pero eso fue escupir a las lentejas de
madre y abuela de todo hijo de vecino, y partirse la caja acto seguido. El resultado,
una crema repulsiva que engullimos por educación, con, lo nunca visto,
una cuchara cuadrada, que más bien recordaba a un calzador.
Pedimos de primero ella la ensalada Edulis (según la carta)
y yo huevos escalfados con espuma de patata y setas (más largo el nombre que el
plato), así como cochinillo confitado de segundo plato. A sugerencia de la
camarera, pedimos para el postre una supuestamente muy especial tarta de
manzana, que requería elaboración de 20 minutos y había que pedir
anticipadamente. Pensando en que sería la quinta esencia de la gastronomía,
decidimos pedirla también, craso error.
El trance gastronómico que comenzó con la insufrible crema
de lentejas continuó con la ensalada y los huevos escalfados. La ensalada
resultó ser un puñado de hojas varias, junto con menta, que monopolizaba el
sabor del plato y daba la sensación de estar mascando chicle de menta de
principio a fin del plato, a medias remediado, a medias desgraciado, por un
desmesurado trozo de queso de cabra, insufriblemente fuerte, que invadía el
plato.
Los supuestos huevos escalfados resultaron una masa amarilla
que parecía más bien las flemas de un tuberculoso, con dos huevos crudos
desparecidos bajo aquella mucosidad vomitiva, acompañados por una láminas de
setas de sabor y textura de champiñón de lata de super de la esquina.
El segundo plato, el cochinillo, no fue mucho mejor. El
sabor muy correcto, acompañado por crema de boniatos que aportaba un toque
dulce al plato nada desdeñable, eso sí, la relación ración-precio fue poco
menos que un insulto. Un trozo mísero de carne, que hacía falta voluntad para
adivinar que se trataba de cochinillo. Cerca estuve de pedirle explicaciones al
chef de donde estaba el resto del animal que había pedido. Para más inri, el plato mal cocido y
sanguinoliento.
Poniendo nuestras últimas esperanzas en el postre, la decepción ya alcanzó su cénit de
despropósito. Nos trajeron sendos platos
de postre vacíos, ante los que no entendíamos nada, hasta que nos trajeron un
plato enorme, con un ridículo trozo de hojaldre con manzana, un absurdo trozo
de helado, que a duras penas encontramos el sabor. Una ración escasa, incluso
para una sóla persona, resultó ser para dos. Un hojaldre de pastelería barata,
a precio de gourmet, con helado de veinte duros, que nos dejó con más hambre
que vergüenza.
El colmo de la broma de mal gusto, fue en el momento de
traer la cuenta: una caja negra rectangular, más parecida a un ataúd que a otra
cosa, en la cual estaba metida la cuenta, deduzco que para minimizar la
impresión al ver la cifra, desmesurada para los platos y raciones que
consumimos. Lo único positivo fue las
risas que nos echamos tras la experiencia, porque volver, no volveremos ni de gratis.
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