Venturas y desventuras gastronómicas: Brasería/ Pizzeria Flash - Zaragoza
A lo largo de su vida, una persona visita bares, cafés,
restaurantes, hoteles y otros lugares que desearía no haber puesto pie jamás, en los que no volverías a
entrar ni aunque te amordazara un cuerpo de las fuerzas especiales rusas y te
arrastraran encañonado al interior,
mientras que otros quedan grabados en tu memoria, cual res marcada al
fuego y a los que volverías sin dudarlo en cualquier ocasión.
Uno de éstos lugares, del que guardo un recuerdo particularmente
entrañable y nostálgico es la Brasería-Pizzería Flash en la capital aragonesa.
Situada cerca del campus San Francisco de la Universidad de Zaragoza, fue pesebre
y santuario de mis papilas gustativas durante mis años de universidad.
Un lugar a medio camino entre el bar de ciudad, pequeño y
familiar, de caña fría con ración de bravas y bocata de jamón, pasando por enclave delicioso en el que comer
casi diariamente, alcanzando su punto cúlmen como espacio idóneo para cenas de
empresa, festejos y eventos de cualquier tipo.
En dicho establecimiento he podido disfrutar de innumerables
comidas durante más de dos años de universidad, casi diariamente, sin
decepcionarme nunca jamás, con una envidiable relación calidad-precio, una
carta amplia y variada capaz de satisfacer los paladares más exigentes, sin
caer en lo banal y cutre, pero si pasarme a extremos de pijerío absurdo.
Un lugar que ha sido testigo de comidas a las 3 de la tarde
después de 6 horas de clase sin descanso, de comidas rápidas antes de coger un
autobús, de cenas inolvidables con amigos, de celebraciones de algunos de los
momentos más especiales de mi vida, amoldándose como un guante a cada
circunstancia.
Un lugar en el que te sientes como en tu propia casa desde
el mismo momento en que cruzas la puerta, en que el día a día te hace sentirte
parte de una segunda familia en que desconocidos se convierten en gente que
comparte tu vida, tu día a día, tu rutina, tus penurias y alegrías. Gente que
sabe cuando necesitas un chupito de orujo y contar tus penas y cuando una copa
de sidra de barril que te levante la moral.
Un lugar al que vuelves meses después, y en el que tienes la
sensación de que no ha pasado el tiempo,
como reencontrarte con un viejo amigo al que hace años que no ves, con
el que compartes un café y unas risas, como si la distancia y el tiempo no
hubieran pasado entre vosotros.
Gracias de corazón a Félix, Estefanía, Sofía y el resto del
equipo.
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