jueves, 4 de julio de 2013

Sexo sin amor, o el dilema del amor sin sexo. Hacer el amor o follar.

 Cada día más asistimos a una liberación del erotismo, de la sexualidad, en la sociedad, en los medios, en las conversaciones, en los hábitos de vida diarios. Lo oculto se muestra a la luz.  De hablar de pecado mortal a pasarlo bien al hacer el amor. Lo prohibido se vuelve morboso y tentador. Las nociones de amor y sexo confunden sus límites. ¿Donde termina el amor y empieza la atracción? ¿No hay límites entre el sexo y el amor? ¿Son ambas dos la misma cosa, o son dos realidades distintas independientes la una de la otra? ¿Puede existir el amor que no camine de la mano con el deseo? ¿Puede el deseo imponerse a los sentimientos?.

Éstas son las preguntas que me han invitado a explayarme en las líneas de ésta entrada. Seguramente quienes leáis éstas líneas tendréis ideas bien diferentes los unos con respecto a los otros, muchos no estaréis de acuerdo con lo que escriba aquí, y quizás otros muchos sí lo estaréis. No considero que nadie pueda ofrecer un punto de vista necesariamente válido al 100 % sobre éste tema pero ahí va el mío.

A mi entender, como perteneciente a una raza supuestamente (y enfatizo supuestamente) racional, me inclino a pensar que, entre las escasas cosas que nos distinguen de nuestros no tan lejanos congéneres en la evolución, las relaciones entre hombres y mujeres no se fundan simplemente en una serie de impulsos biológicos dedicados exclusivamente a la reproducción, a una búsqueda puramente hedonista del placer mutuo, y que, como muchos afirman, el amor, el romanticismo, no sean más que burdas invenciones para dar un aura de pureza, misticismo y sutileza a algo que a su entender se reduce a la búsqueda del placer sexual y de la satisfacción de una mera necesidad biológica.

Triste pensar que lo único que puede unir a dos personas que deciden iniciar una vida juntos y formar una familia se reduzca al hecho de mantener relaciones sexuales con regularidad, y que cuando el sexo falle, lo único que les sustente sea la pura fuerza la costumbre de estar juntos y el miedo a la soledad congénito a la misma especie humana, al envejecer y morir en completa soledad.

A lo largo de mi vida, he conocido a parejas de todas las edades y condiciones sociales. Algunos afirman que no soportarían estar sin su pareja más de una semana, y acto seguido añaden, que buscarían su satisfacción sexual en otra persona pasado ese plazo, sin renunciar por ello a la persona con la que están en ese momento. Otros en cambio, estarían más que dispuestos a pasar el tiempo que fuera necesario para poder estar con su pareja nuevamente, y no refiriéndose exclusivamente a las relaciones sexuales precisamente.

Hay quien considera el sexo algo intrínseco de las relaciones de pareja, otros lo conciben sólo como un medio para la procreación, incluso hay quienes para los cuales el sexo y el amor son dos cosas que no tienen por qué ir de la mano.

Desde mi punto de vista, cada cual es libre de vivir su sexualidad como considere oportuno, siempre y cuando no suponga un sufrimiento para una tercera persona o se convierta en el eje, por no decir única razón de una relación. Ya sea en una pareja heterosexual, en una pareja homosexual o de lesbianas, si todo el interés y lo que sustenta la relación es lo que sucede bajo las sábanas, sinceramente, se están perdiendo mucho, y esperan francamente poco de su pareja si se están limitando a ello.




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